lunes, 15 de febrero de 2010
Vínculos
Gabriel camina por la costanera en su rutina diaria no por gusto de mantener en forma el cuerpo, sino para mantener en orden su espíritu. Ayer cumplió cincuenta años y ese mismo día se cumplieron veinte de ausencia del abuelo Tomás.Los años empiezan a pesarle, los propios de su cuerpo y los de sus recuerdos .Camina la larga cinta de la costanera, como lo hace todos los días, antes de llegar al diario. Mira el río, la sólida baranda que lo bordea, los añejos árboles, los muchos bancos que esperan a los viejos y a los niños y que en este momento están vacíos. Camina mirando los colores y el movimiento de esa naturaleza que a esa hora está límpida aunque percibe que no tardará mucho en cambiar. Deportista de toda la vida, su cuerpo reconoce , como si fuera un muy bien ajustado aparato de precisión ,el lenguaje del espacio de agua y de cielo que lo rodea.” Todo es lenguaje” , le decía siempre su abuelo Tomás. Y era cierto. El viejo remolque, el Toty como lo bautizó Juan Vargas un amanecer de borracheras históricas, avanza lentamente abriendo su ruta para llegar a destino en el puerto. Ya tiene encima los signos de su vejez en el óxido que le da una pátina de objeto de museo, pero no claudica, sigue allí, avanzando en el río. Gabriel ve esa carcaza avenjentada y se detiene. Se apoya en la balustrada de hierro prolijamente repintada hace pocos meses. Mira correr el río ,mira la barcaza que ya está próxima a pasar delante de él , mira la imagen que conoce de memoria pero que lo sigue seduciendo desde la primera infancia, cuando los padres por tradición, llevan a los niños a la costanera para conocer el río y ver pasar lentamente la barcaza. Fue el abuelo Tomás también el que lo inició en el rito de mirar el río, de nadar en él y respetarlo. El abuelo Tomás está ahora allí , junto a él. Gabriel mira hacia su costado derecho como si efectivamente el abuelo estuviera a su lado. Siente un palpitar acelerado en el pecho .Respira hondo. Sabe que el abuelo Tomás no está a su lado sino en lo más profundo de su “río alma” . El abuelo Tomás,ese hombre que murió una madrugada baleado por sicarios cuando salía del diario .El abuelo Tomás muerto por haber denunciado la pedofilia de un poderoso candidato político. El abuelo Tomás que había tomado la valiente decisión de confesar públicamente el agravio sufrido cuando sólo era un niño de cinco años y la calle era el lugar común de los juegos infantiles.Gabriel fija la mirada en el río. La barcaza ya lo ha dejado atrás indiferente a su presencia .En la estática quietud de la mañana , lentamente como el mismo Toty, avanzan las palabras que lo van poblando. Se deja tomar por ellas. Las ordena como el niño malabarista que en estos tiempos de abandonos, hace detrezas con sus naranjas en las esquinas de los semáforos . Los lenguajes de la infancia, piensa. Se aleja de la balustrada y también de la rutina de la costanera. Ahora camina con paso firme dejando impronta en las calzadas, en el asfalto.Cruza la avenida de doble carril, dobla esquinas y llega al diario,ése que heredó del abuelo Tomás. Entra en su oficina de paneles de madera noble y vidrios traslúcidos . Se sienta en su silla giratoria. Abre la computadora y escribe. No intuye, ya sabe las nuevas tormentas que despertará el editorial que aparecerá mañana.
