miércoles, 10 de febrero de 2010
Mia
Cuando él se levantó de la cama Mía se quedó mirándolo mientras se vestía. El cuarto estaba rodeado de una penumbra grisazulácea. Las cortinas blancas, transparentes se movían con el viento que venía del mar cercano. No era muy tarde,pensó. Pero él igual se levantó y se vistió para irse.No dijo una sola palabra, no hizo ningún comentario. Fue al cuarto de baño y escuchó que abría la canilla. Se lavará el rostro como de costumbre para sacarse mi olor, no se ducha porque no se atreve a sacárselo del todo .Miró el ondular de las cortinas. El mar estaba allá , apenas a cien pasos de la cama.No tuvo fuerzas para levantarse. No quería hacerlo.Sólo deseaba permanecer allí, inmóvil, sin pensar en nada o sí, quizás pensando en todos esos años que había amado incondicionalmente a ese hombre que no le pertenecía y que ahora se estaba quitando los rastros de ella para volver a su hogar. Sintió sus labios en la frente cuando se despidió.Ella no respondió. El le dijo "Serás mía para toda la eternidad" . Ella no giró la cabeza para verlo desaparecer detrás de la puerta. Se quedó así inmóvil hasta que la noche entró en el cuarto y ya no distinguía sino la silueta de su propio cuerpo abandonado en las sombras. No lloró. No gritó. Se tragó una a una las palabras de él. No las que le dijo cuando se retiró después de besarla en la frente sino las miles de palabras que pronunció en todos esos días, esos años, jurándole que nadie los separaría. Mía tu nombre es tu destino.Jamás amarás a otro hombre.Fue cruel y ella pensó en su madre y en el nombre que le había puesto y que siempre le hacía sentir que era de los otros y no de ella misma.Desde niña su nombre fue su incertidumbre.A las cuatro de la mañana la llamaron por teléfono.Le avisaron que había muerto de un infarto. Mía no lloró, no gritó sólo se quedó con sus palabras .El había creído que ella era heroica en su amor por él, a esa hora, ella ya creía que él no la merecía. Abandonó la casa , el pueblo,sus rastros En otro extremo del mundo dejó de llamarse Mía para poder arrancarse cada uno de los puñales-palabras que él le había clavado nombrándola.
