sábado, 5 de diciembre de 2009
Las malditas manos
La quietud de la tarde se hacía sentir en esa época del año cuando los lapachos estaban florecidos y los hombres andaban alborotados porque era época de la pesca de alto valor:el codiciado dorado del Paraná. Ultimamente venían contingentes de extranjeros en buses charter y toda la población giraba en torno de este acontecimiento porque había trasiego del dinero que durante el resto del año,escaseaba.Mercedes vivía de hacer trabajos de jardinería y cuidado de casas de fin de semana de patrones que vivían en la capital y que sólo venían para esa fecha y ,a veces, algunos días durante las vacaciones aunque la mayoría las pasaban fuera de la provincia, en otros lugares turísticos . Itatí acompañaba a su madre y la ayudaba a barrer las galerías y sacar los yuyos que era lo que más le divertía porque en esos momentos jugaba con su perro que hacía hoyos en el pasto y ella riendo le gritaba “basta Reo” que la patrona me va a retar cuando venga o peor cuando venga el patrón ” ,agregó hoy con otro tono de voz. Mercedes que estaba limpiando los vidrios escuchó por primera vez a su hija hablar así y mencionar al patrón. Estuvo alerta. Ella, como otras madres jóvenes, ya no se callaban ,no eran como sus madres y sus abuelas que sí callaban.No ,al menos ella y su amiga Lucía ,no se callaban para nada. Por eso prestó atención a las palabras de Itatí y no pudo evitar sentir que un malestar le fuera subiendo por las piernas hasta apretarle el pecho.No dijo nada y terminó su trabajo prontamente.Cerró la casa y se fue por la calle iluminada por las flores rosas de los lapachos de agosto. Itatí y Reo iban delante de ella jugando con las ramitas que encontraban al paso.
La tarde fue distinta . Un desasosiego extraño no le permitía estarse quieta en su hamaca y tomar el mate que por costumbre se cebaba antes de la cena. No tenía dudas de que algo estaba sucediendo y ella sabía muy bien en qué pensaba cuando se decía “algo”. Decidida llamó a Itatí y con termo y mate en mano ,se fue a la casa del cura. El padre Esteban era un misionero joven que decía las cosas “al pan, pan y al vino ,vino” es decir,sin vueltas. Escuchó a Mercedes y después le pidió que lo dejara hablar a solas con Itatí que en ese momento estaba arrancando un mango del añoso árbol del patio de la parroquia. Ella aceptó y se sentó a esperar en el grueso tronco de algarrobo que oficiaba de banco y que el propio padre Esteban había arrastrado hasta ese lugar para hacer sus confesiones al aire libre.Como la nena estaba haciendo el cursillo para tomar la primera comunión no se extrañó y entró sola con el padre en la iglesia.Antes le gritó a Reo que no lamiera su mango.Pasó el tiempo y Mercedes estaba con los ojos clavados en la puerta trasera de la sacristía.Se persignó varias veces .Tenía miedo,ese miedo atávico que todas las mujeres del pueblo venían arrastrando de generación en generación en un silencio de víctima que ya era leyenda.
Cuando al fin vio salir a Itatí la llamó y tomándola de la mano fuertemente , indagó con la mirada al padre Esteban.
- Sí, dijo,mirándola a los ojos. No vayas más ni lleves a la nena allí. Te espero mañana después de la misa para hablar y agregó,-las manos,las malditas manos de siempre. No pasó a mayores aunque esto no te consuela ni a vos ni a mi.-concluyó sin disimular su enojo de hombre y de sacerdote.
La vio irse como otra alma en pena de esas que aparecen rondando el río en los atardeceres tormentosos.