lunes, 2 de noviembre de 2009

visitas




Era una visita protocolar ,no del alma.Yo era invitada y acepté de inmediato ir porque a mí sí me interesaba el tema .El Orfelinato estaba a escasos veinte minutos de la ciudad. Cuando llegamos nos salió al encuentro,como es costumbre, el equipo de conducción con esa liturgia de que todo está controlado y de que no se presentan mayores problemas que los reconocibles en ese tipo de institución.En verdad el edificio estaba en condiciones y las dependencias, cocina,dormitorios y baños prolijamente puestos en escena para la prevista visita oficial . Me gustó la luz que entraba por las ventanas enrejadas .El grupo se quedó en el interior y yo salí al patio donde estaban los chicos.Había suficientes juegos recientemente pintados y reacondicionados y dos celadoras cuidaban a los niños con una autoridad que se hacía sentir. Me llamó inmediatamente la atención una niña que mostraba fuertes marcas de quemaduras en un brazo y que tenía un cuerpo más desarrollado comparado con los otros niños. Viendo su piel muy blanca y sus ojos de un celeste transparente deduje que debía provenir de alguna familia de inmigrantes del Este europeo sabiendo que una fuerte inmigración de esos países se había dado en esa década. Traté de hablar con ella. Resultó ser una criatura muy locuaz que se expresaba con naturalidad. Me llamo Berta aclaró y me dio el nombre de muchos de los compañeros que estaban allí, en el patio ,agregando divertidos comentarios sobre ellos. Como hacia el fondo había un árbol añejo de algarrobo,por satisfacer mi curiosidad sobre su capacidad de observación le pregunté si sabía qué tipo de árbol era. Sin dudarlo me contestó ” es un algarrobo ” y agregó, allí me subo cuando quiero escaparme de la paliza de la Elisa. Fruncí el ceñó. Ella agregó señalando a una de las celadoras:”Esa es Elisa”. Miré a la mujer.Era alta ,robusta con aspecto duro aunque esbozó una sonrisa cuando vio que la miraba. Seguí hablando con Berta tratando de averiguar por qué era castigada.
“Me porto mal en la cama” dijo por toda respuesta. Supe que tenía que detenerme allí. La invité a ir hacia la mesa que habían terminado de preparar con gaseosas y golosinas y alrededor de la cual los chicos, a los gritos, se acercaban. Me hice a un lado y me acerqué a la mujer llamada Elisa.Le pregunté sin preámbulos qué pasaba con Berta. Me miró desafiante, a la defensiva e intuyendo lo que la niña me podría haber contado, me contestó:”Se masturba y no podemos alojarla en otro sector porque no hay personal para cuidarla a ella sola.”
Luego supe.Berta tenía sólo ocho años y fue recogida por los gendarmes cuando se incendió el rancho en el cual vivía con sus padres y cuatro hermanos. Sólo ella había sido salvada. Pasó un mes en el puesto de frontera mientras se tramitaba el expediente de su caso. En ese lugar y en esas circunstancias fue abusada y violada por quienes debían protegerla.
Años después me la encontré en una vereda de la calle principal de la capital.Sentada junto a prolijos ataditos de yuyos distribuidos sobre un trozo de tela oscura,proclamaba las distintas virtudes terapéuticas de su mercadería con el mismo tono de voz y la misma certeza conque alguna vez me había contestado:”es un algarrobo”