lunes, 2 de noviembre de 2009
María
Después de muchos inviernos y muchos veranos sin hablar, la casa se llenó de voces. En la inmensidad de esa pampa llana y solitaria las voces se multiplicaban más allá de los eucaliptos, el celebrado ombú y las extensas ondulaciones de los trigales. La casa estaba allí exactamente hacía cien años. Por eso, porque cumplía cien años de estar en pie, se llenó de voces que hablaban , celebraban , se abrazaban porque no se habían visto en mucho tiempo o porque simplemente acababan de conocerse. Eran hermanos, primos, sobrinos, nietos, bisnietos de un solo tronco: Juan Lucero. María era la única hija sobreviviente del pionero Juan Lucero venido desde Navarra a fines del siglo XIX. En ese entonces era muy joven e hizo escala en Brasil donde trabajó en una fazenda. Después cruzó a la Argentina y se instaló en esa pampa extraña y solitaria a la que aprendió a amar con el esfuerzo de cada jornada de trabajo extenuante. Juan conformó una familia que hoy multiplicada en cuatro generaciones ,estaba celebrando en la casa la sabia decisión de María. Entregar la propiedad al Hospital Regional para la rehabilitación de adictos. En la familia el tema se conocía y no se ocultaba. Varios de los jóvenes de la última generación estaban aún luchando contra la adicción con el apoyo unánime de la familia. En este día alguien más se confesó ante esta asamblea multitudinaria que llevaba su propia sangre. Algunos hablaban otro idioma,francés, italiano porque ramificaciones de los Lucero habían cruzado el Atlántico en medio de los vericuetos históricos del país. Pero hoy estaban ahí en un pacto altruísta que los hermanaba porque habían decidido que esa vieja mujer que también había permanecido de pie todos los años que llevaba consigo en silenciosa lucha contra la adversidad y la ignorancia, era, sobre todo, sabia. La jornada fue acompañada por un clima benigno que había dejado calmo al viento sur. Cada uno tomó posición de la casa a su antojo revisando espacios unos, muebles otros, comentando esto y aquello de lo mucho que algunos ignoraban. María los miraba ir y venir por los salones y alcobas, las galerías y el extenso jardín que se perdía en los sembradíos. Los niños derramaban su energía subiéndose a los árboles unos, explorando el sótano o la bohardilla, otros.María no registraba ya quién era nieto de quién pero la animaba el paisaje humano que tenía delante de sí. Cuando el vetusto reloj de la sala marcó las cuatro de la tarde María se retiró a su dormitorio. Allí, sentada en el sillón que por el paso del tiempo contenía la forma de su cuerpo, bajó la cabeza y comenzó a llorar. “Tengo noventa años Venancio, hoy me voy de esta casa para siempre pero quiero decirte que viene conmigo la vieja herida de tu abuso. Venancio yo tenía sólo cuatro años y jamás pude olvidar el daño que me hiciste. Eras mi tío, eras un Lucero. Estoy vieja y vos muerto . Mi cicatriz está allí, clavada en el alma. La casa y el cuarto del ultraje, están purificándose con todo este vocerío que hoy los puebla. Yo callé tu infamia por amor a mi padre ,tu hermano. Ahora Venancio,dejo la casa. Sé que no puedo dejar mi memoria pero quiero que sepas que esa niña que fui y esta vieja que soy siguen llorando tu cobardía sin perdón.”