Me tocó el hombro suavemente. Me dí vuelta y vi frente de mi una mujer distinguida que me miraba con ojos alucinados. Se presentó.Cuando dijo el apellido inmediatamente vi el rostro del hijo. Un muchacho inteligente que había estado perdido en una adolescencia que no lo contenía pero que guiado mantenía códigos o al menos, los mantuvo conmigo mientras duró nuestro contacto profesional. Cuando la mujer comenzó a hablar hube de pedirle que saliéramos del lugar. Estábamos apretujadas entre dos góndolas de productos lácteos en uno de los supermercados en la periferia de la ciudad.La invité a tomar un café pero recapacité, un café era lo que menos necesitabaesa mujer en ese momento porque sus nervios estallaban y su emoción estaba a flor de piel .No quiso tomar nada igual ,cuando se acercó el mozo pedí una botella de agua mineral para justificar la ocupación de la mesa que ex profeso elegí cerca de los amplios ventanales y alejada de las otras que ocupaban rápidos consumidores rodeados de carritos llenos de mercadería.Sin que mediara pregunta se derramó en un relato escalofriante. Sus palabras rebotaban en mi cabeza que, como una pantalla detenida en el tiempo, reproducía el rostro casi angelical de aquel adolescente que hoy,ya hombre, era el motivo de la terrible angustia que atenazaba a la mujer que tenía frente de mi. La escuché estupefacta. Creí por un instante que el dolor de madre acentuaba los rasgos trágicos de la situación. Pero no.El caso estaba allí patente y patético. No sé por qué coordenadas del destino me había elegido para pedir ayuda cansada, según dijera ,de ir al analista y también de haber hablado ,con sumo pudor ,con su confesor. Y estaba allí , en ese bar de ese supermercado (al que yo no solía ir) pidiendo ayuda a quien alguna vez había escuchado a su hijo siendo su tutora escolar. Cuando terminó o creyó terminar su confesión , un llanto contenido se derramó sobre su rostro de mujer mayor devastada por el dolor. Yo seguía visualizando al joven rebelde de años atrás. No lo había vuelto a ver.Los ojos de la mujer seguían fijos en mi aún llorando no dejó de mirarme, indagándome, esperando una palabra. Le tomé las manos y le indiqué cuál era el lugar idóneo para empezar a actuar.También le dije que lo más difícil ahora era superar sus propios miedos a la critica social que la tocaría inexorablemente, por ser quien era, la esposa de un meritorio abogado de la ciudad. Sus ojos se quedaron más fijos en mi. Me apretó la mano con una fuerza que no suponía que tenía y me dijo:
- Mi nieta está por encima de mi hijo y de mi nuera. Son adultos. Si se quieren seguir drogando, ya es cosa de ellos ,pero no van a tocar más a la nena porque le aseguro que si nadie me ayuda a sacarla de ese infierno, yo sola los mato.
Quedé ahí. En esa gelatinosa certidumbre de que la sentencia podía consumarse. La acompañé hasta su vehículo asegurándome de que haría el recorrido legal que en un improvisado papel ,el tiket del bar, le indiqué. Se fue.Entre mis palabras y las de ella quedaban las horas insondables que estaban por venir.