lunes, 2 de noviembre de 2009
aprendiendo
Eran unas horas plácidas .El calor de norte no se sentía tanto y aunque estaban en diciembre y era la primera tarde,Lucía decidió que se podía intentar una caminata con el pequeño Juan.A través del juego de ver quién “aguantaba más cuadras” logró su objetivo. Caminaron bastante cambiando opiniones sobre los personajes de Star Wars y deteniéndose ante las vidrieras de las nuevas jugueterías que había en la ciudad. Pero Juan conocía bien la “suya”. LLegaron hasta allí. Juan miró los juguetes y como vio que no estaba el muñeco de la guerra de las galaxias que coleccionaba, no puso reparos cuando Lucía le sugirió seguir caminando. Cuadras más laterales, Lucía se detuvo ante el pequeño local de ventas de artesanías aborígenes. Entró tomando por los hombros al pequeño Juan con la intención de transmitirle lo que quería. Mostrarle ese otro mundo diferente de la play station ,de la Wii y de toda la parafernalia tecnológica que el chico manejaba con absoluta certidumbre. Mientras le explicaba la simbología de alguna de las artesanías wichi, entró en el local un proveedor aborigen. Juan no le prestó atención .Miraba con interés una cerámica del tutu mulita .Luego se entretuvo con el arco y la flecha y momentos después… se detuvo el tiempo. Juan comenzó a sentirse molesto. Ya no miró nada más excepto la puerta de salida. Lucía preguntó qué le pasaba y por toda respuesta obtuvo un ” quiero irme”.
Ya afuera, Lucía volvió a preguntar qué había pasado. Juan sin rodeos respondió; “no me gusta el olor” .Lucía entendió inmediatamente. Sentó al niño en el alfeizar de la ventana de la casa vecina al local y le explicó amorosamente qué significaba ese olor. Sin dramatismo y sin dictar cátedra, simplemente le contó cómo vivían los aborígenes del Chaco y deslizó también Paraguay.
Meses después Lucía sonrió cuando escuchó que Juan incorporaba con gratificante significación la palabra aborigen a su vocabulario y que le gustaba decir Paraguay porque, explicaba, la palabra le sonaba lindo.