lunes, 8 de febrero de 2010

Aldana

Aldana camina lentamente en dirección al río.Respira el aire ahora fresco que la alivia de tanto calor agobiante y que no la dejó dormir por la noche. LLega a la ribera en un estado de absoluta calma. De pie ve las aguas de ese río que hace meses amenaza con desbordarse y piensa en las últimas catátrofes de otros lugares del mundo. Ayer en la oficina municipal leyó el aviso que expusieron sobre las cotas históricas del Paraná y pensó que todavía faltaba para llegar a un aproximación peligrosa que exigiera la evacuación. Las aguas están turbulentas para un río calmo como el Paraná.También están turbias. Camina descalza por la orilla.No tiene espíritu apocalíptico pero tampoco es ingenua.Sabe leer el lenguaje de la naturaleza, por lo menos el de su espacio.Mientras avanza ,avanzan también sus pensamientos en un orden retrospectivo minuciosamente cronológico del cual por ahora no es consciente. Piensa en el viaje que hizo hace diez años al Brasil con la intención de trabajar con uno de los grupos de Paramédicos sin Fronteras,piensa en las experiencias casi límites que vivió en las favelas, piensa en el impacto que tuvo cuando vio la dimensión real de las creencias afro que interferían la pronta intervención de ellos pero que debían respetar si querían cumplir con sus objetivos.Vio y “ve” en este momento, el complejo universo de creencias que tienen más fuerzas que otras religiones. Supo de los espíritus que ayudan y de los que no,supo de la homologación entre el panteón candomblé y el cristiano, supo que allí al lado, como en Cuba y en Haití la presencia africana es una identidad propia,supo también que allí había perdido para siempre a su amiga Isabel quien seducida por el pai Joâo quedó en la favela dando la espalda a todo su pasado.El río sigue deslizándose creando un oleaje que pinta el paisaje con otra textura. Aldana piensa ahora en los altares que están allí, en el pueblo y que invocan al Gauchito Gil,santón regional, piensa en el color rojo que lo identifica,como el Ogún africano , en las cintas y velas que arden todo el día. El agua moja sus pies. Se detiene y mira el río de frente.Avanza unos metros hacia adentro.Ahora no piensa.Siente.Sigue avanzando. Aldana ahora quiere encontrarse con su niña , esa niña que exactamente hace un año desapareció en ese río después de haber sido violada por el hombre que ella había llevado a su casa para cuidarlas del desamparo en el cual vivían desde el abandono del padre.Aldana sigue avanzando.La cinta roja en su muñeca y la medalla de la Virgen de Itatí desaparecerán con ella en las aguas del Paraná.Cuando las viejas del pueblo se acerquen y escuchen desde la orilla los “silbidos” de los ahogados, sabrán dónde está ahora Aldana.